
Para llamar a Julia, ya no tengo que marcar prefijos como entonces, escuchar la voz entrecortada de una operadora desconocida, oculta en una maraña de líneas y cableados. Para que Julia me diga te quiero, ya no es preciso despedirme antes, ni siquiera hablarle de carencias, enumerar contratiempos y vaivenes, describirle los múltiples desarreglos que ocurren a este lado del teléfono. Si Julia quiere, intuye mi ritmo, diagnostica las variaciones de mis pasos, uno a uno, pese a estar demasiado lejos y no tener toda la información que ella merecería guardar. Si Julia quiere, y sé que lo piensa, puedo acordarme de ella en cada mínima parte de todos los segundos, almacenados en horas, condensados en minutos, traducimos en los días de esta vida. Julia y yo tenemos un pacto, yo quiero continuar y ella quiere seguir, yo quiero contar y ella quiere seguir, yo quiero dedicarle libros, escribirle canciones, relatarle historias.... y ella quiere seguir...



