Y percibí que existía una enredadera que se agarraba con tanta fuerza a las paredes que pasaba desapercibida, que este país abusa del aire acondicionado, que en Sao Paulo no hay tantos árboles como pensaba, que mi portugués se vuelve incomprensible en el nordeste y que la oscilación térmica de esta ciudad puede superar los 10º en un día. Que hay terrazas de moda en Salvador de Bahía, que las favelas en Río de Janeiro nunca bajan de las montañas y que Ipanema es un lugar perfecto para dormir acurrucados, mecidos por el sonido del océano en esta parte del mundo, de los vendedores de refrigerantes y los europeos, ávidos de experimentar el paisaje humano de este país.
Hoy ha llovido en Sao Paulo después de demasiadas semanas sin hacerlo. Por fin puedo ver con nitidez el color de los rascacielos que se ven desde mi cuarto y que antes silenciaba la contaminación, con las ventanas abiertas de par en par por la noche y la sensación de que el tiempo se me acaba en esta ciudad, al mismo tiempo que crecen los amigos, los lugares para salir de fiesta, los espacios en los que escapar simbólicamente de este caos convertido en ciudad "habitable" con demasiada rapidez.
Y también percibí que quiero tener un Madriz con experiencia a mi regreso, pero esta vez refundado, limado de asperezas y desencuentros. Y que como en "Marisol, rumbo a Río", queremos volver, alojarnos en Botafogo, emborracharnos en Voluntarios da Patria, comer albóndigas con millones de acompañamientos en un bar perdido de Santa Teresa, para perseguir después los edificios de Niemeyer y saber que como en su arquitectura, el tiempo no se pierde, sino que moldea, se hace curva.
Foto: "Panorama desde mi casa"
2 réplicas:
O sea, que bien.
Qué ganas de verte, asín te lo digo.
bss,
NIEMEYER! RA RA RA!
NIEMEYER! RA RA RA!
( Y Juscelino Kubitschek, por qué no? Los ególatras extienden nuestro tiempo, y son héroes. Siempre.)
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